Madres e hijas: la confianza que acorta distancias Madres e hijas: la confianza que acorta distancias

Ser mamá de una mujer implica entender que su personalidad es diferente a la de su progenitora. La comunicación y el diálogo entre ellas es fundamental.

Asesora Lucy Pérez – Psicóloga cognitiva conductual, adscrita a Coomeva Medicina Prepagada.

No se puede partir del paradigma de que siempre debe haber conflicto entre madres e hijas, algunas veces no existe ningún inconveniente en la relación. Sin embargo, cuando se presentan dificultades, están mediados por muchos factores, afirma la doctora Lucy Pérez, psicóloga cognitiva conductual, especialista en evaluación clínica e intervención de trastornos emocionales.

Uno de los factores que pueden afectar esta relación es la historia de aprendizaje de esa madre. “Esa historia está construida bajo procesos culturales que afectan la relación con su hija, por ejemplo, las experiencias vividas en la infancia, la relación que ella tenía con sus padres, el ejemplo que recibía de ellos, si hubo o no hubo violencia, si existía un acompañamiento emocional de esos padres, si había una adecuada comunicación”, precisa la especialista.

De la misma forma, la adaptación que esa mujer tuvo a los cambios que se presentaron en su vida, cómo vivió su sexualidad, cómo fue la integración a su grupo social, si tuvo oportunidades académicas o no, así como otras responsabilidades de la edad adulta que afectan su capacidad para tomar decisiones autónomas o para solucionar problemas.

Inscrita en un contexto

Buena parte de los conflictos en las relaciones madre e hija se deben a la perpetuación de la presión de género, de lo que se aspira a que haga una mujer, incluso, lo que ella se exija a sí misma dentro de su rol como mujer: “Se espera que sea obediente, organizada, servicial, que agrade a los demás; debido a ello, se empieza a evidenciar el maltrato sutil hacia las niñas, el cual consiste en marcarle unas pautas de cómo debe vestirse, de su peso, de su talla, de su forma de expresarse, de hablar, de caminar; si no cumple con esas exigencias, no va a ser del agrado de los demás”, dice la psicóloga.

Ser madre de una mujer no es lo mismo que ser madre de un hombre, a ellos se les exige menos, les enseñan más a creer en sí mismos, a que son fuertes y guapos, tal y como ellos quieren ser. La relación madre e hijo carece de esas tensiones y de esas expectativas, tiene mayor aceptación.

Todo puede influir en la forma como esa mujer educa a su hija y, en ocasiones, las mismas etapas que su pequeña va viviendo a medida que crece, se convierten en el principal inconveniente de la relación con su madre, por querer tener su propia vida.

“Se encuentran dos inconformidades: las mamás cansadas de la desobediencia de sus hijas, y estas últimas exhaustas de las exigencias de la madre. Algunas madres tratan de solucionar ese tipo de conflictos a través de la agresividad, que es una forma muy rápida para hacer que otros hagan lo que uno quiere, pero eso evidencia que esa madre no ha contado con las habilidades o con la inteligencia emocional suficiente para persuadir y para hacer que su hija acoja las pautas sin utilizar la agresividad”.

De ahí que uno de los elementos importantes en la crianza de hijas mujeres es ser consciente de que la pequeña es diferente de su madre y tiene su propia personalidad y, probablemente, no querrá llevar una vida igual a la de su progenitora. Más bien, la madre debe tomar la decisión responsable de procurar entender estas condiciones y educar sin obligar a repetir patrones de comportamiento.

La “princesita de papá”

Por otro lado, el hecho de que el padre de la pequeña sea consentidor, también contribuye a que se presenten conflictos entre madre e hija. La psicóloga Lucy Pérez afirma que “muchos de los problemas de los hijos son ocasionados por el mal comportamiento de los padres”, en la medida en que ellos mismos no tienen claridad acerca de las normas o de la forma de crianza hacia los hijos.

Si entre ellos se desautorizan, habrá conflicto, porque quien pone la regla empieza a ser la mala, y el que da el premio o quita el castigo a “la princesita de papá”, empieza a ser el bueno.

La buena comunicación en pareja y los espacios de diálogo con acuerdos claros frente al propósito que se tiene en la crianza, son claves. “Aunque hay madres que por sí solas pierden la credibilidad frente a sus hijas, por ejemplo, cuando se le dice “espere a que su papá llegue y verá”, que ya, de entrada, da a entender que la madre no es apta para establecer una norma; o por ejemplo, cuando amenazan y no cumplen”, dice la psicóloga.

Comunicarse, la clave

Los conflictos aparecen a partir de la comunicación entre ambas, cuando la expectativa que tiene la madre de lo que quiere que sea su hija no se cumple porque no se comunican adecuada y sinceramente, o porque la niña empieza a actuar con autonomía.

Muchas veces, esas dificultades se presentan, no solo por la historia de crianza, sino porque fueron madres solteras o hijas de padres ausentes. Al esforzarse para hacer las veces de padre y madre a la vez, o para que su hija no viva lo que ella vivió, la madre no habla con la verdad para no herir los sentimientos de su pequeña o para evitar revivir un pasado doloroso.

En estos casos, se pueden presentar exigencias exageradas para la mentalidad adolescente, que podrían solucionarse con más tranquilidad cuando la madre habla directamente con su hija, sin esconderle verdades y haciéndole entender la importancia de un buen comportamiento. Eso podrá brindar confianza y permitir que la hija también se comunique de forma natural.

Así podrán encontrar el espacio y la oportunidad para crear o afianzar su relación.

¿Cómo mejorar la comunicación?

  • Dar un buen ejemplo a la hora de expresar  emociones y solucionar problemas.
  • Promover la confianza mutua, lograda a partir de  no juzgar, negar o invalidar lo que la hija es como persona,  incentivando en ella la autoestima y el amor propio.
  • Evitar las comparaciones con hermanos o con sus pares y aprender a respetar las diferencias.
  • Abandonar las conductas de maltrato sutil, como desacreditarla o querer que se acomode a un modelo exigido.
  • Propiciar espacios de validación y comunicación emocional. Lo primero significa darle valor a las emociones del otro, es permitir que se sienta tranquilo y que exprese sus sentimientos, además, de abrir espacios en los que se le pueda escuchar para que note que sus emociones son importantes para el otro, en este caso, para su madre.
  • Pensar en la salud mental. Si no se logran solucionar los problemas utilizando las habilidades propias, y se hace daño a la otra persona o a sí mismo, es importante recurrir a un profesional de la salud mental, para que con el especialista se inicie la búsqueda de alternativas diferentes encaminadas a encontrar pautas de crianza más positivas.

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