A dormir también se aprende A dormir también se aprende

Por salud física, mental y emocional, garantizar un buen sueño a los más pequeños es prioridad, especialmente en los primeros años de vida.

Asesores: Blair Ortiz Giraldo – Pediatra y neurólogo infantil.
Olga Rocío Vásquez Guerrero – Pediatra, adscrita a Coomeva Medicina Prepagada.

Para los niños dormir es casi como perderse todas las cosas que pasan o podrían pasar en el mundo exterior, pues su visión de vida está en el presente y no en el futuro. Aquí comienza uno de los retos para los padres: garantizar un buen sueño a sus hijos, como un pasaporte a una buena salud.

Blair Ortiz Giraldo, neurólogo infantil y pediatra del Hospital Universitario San Vicente Fundación de Medellín, explica que mientras los niños duermen se sintetizan una serie de proteínas que permiten restablecer funciones y recuperarse del agotamiento causado durante la jornada diurna. “Es en el sueño profundo donde se da el aprendizaje de lo experimentado durante el día. Solo crecemos en las primeras dos décadas de la vida y ese crecimiento es mayor en los primeros años. En el sueño se libera la hormona del crecimiento y otras que restablecen el equilibrio, entre ellas el cortisol, para que el cuerpo esté preparado para el estrés, hormonas que funcionan a nivel de órganos sexuales internos y externos, otras que regulan el balance de iones, agua y azúcar en la sangre, por mencionar algunas”.

Es importante saber que cada hora de sueño de un niño debe ser de calidad para que cumpla con sus funciones, lo que significa que debe dormir de manera ininterrumpida para que las fases se den en el orden correspondiente. Estudios demuestran que un sueño óptimo tiene impacto sobre el aprendizaje, la atención, el humor y, por supuesto, el desarrollo.

Las nuevas dinámicas y ritmos actuales de vida están llevando a que se pierda poco a poco esa cultura de buenos hábitos de sueño, incluso en los más chicos. “La era tecnológica en la que hay pantallas por todos lados hace que los niños estén expuestos a ellas a edades cada vez más tempranas. Todos los hábitos de sueño son aprendidos a través el ejemplo de los padres. La falta de este hace que tengamos niños más vulnerables a trastornos de comportamiento y aprendizaje, que tengan alteraciones en el desempeño escolar y la concentración porque es mientras duermen cuando se da la consolidación de la memoria, la maduración cerebral, la recuperación de la energía y de las funciones biológicas”, señala la pediatra Olga Rocío Vásquez Guerrero.

Claves para un buen sueño

De acuerdo con la edad, los niños tienen un número estimado de horas para dormir. En los dos primeros años de vida, por ejemplo, los bebés dedican más del 70 % de su tiempo a esta función y a medida que crecen las horas disminuyen. Al respecto, los expertos dan una guía:

Recién nacidos: pueden dormir 17 horas al día, la mayor parte de manera discontinua en períodos de 2 a 6 horas.

Lactantes: de los tres meses y hasta los seis, su tiempo de sueño es de, aproximadamente, 15 horas diarias en lapsos de 4 a 5 horas. A los seis meses disminuye a cerca de 14 horas, 12 de ellas en la noche con despertares breves y siesta en la mañana y en la tarde.

1 a 3 años: de 13 a 14 horas por día incluidas siestas.

4 a 5 años: de 10 a 13 horas diarias. En ciertos casos, la siesta tiende a desaparecer, pues en esta época algunos están escolarizados.

6 a 12 años: De 10 a 12 horas diarias.

13 a 18 años: De 8 a 10 horas diarias.

Lo primordial es formar hábitos. Es ideal no interrumpir el espacio de descanso, crear una buena higiene del sueño, establecer una rutina para ir a la cama a la misma hora, incluso, los fines de semana. “A los cuatro meses, los niños ya deben tener consolidada una rutina del sueño”, sugiere la pediatra Vásquez. Aquí algunas recomendaciones:

  • Los recién nacidos deben dormir siempre boca arriba para evitar el riesgo de muerte súbita. En los primeros meses la cuna puede estar en la misma habitación de los padres, luego el consejo es que los recién nacidos duerman en espacios diferentes. “Hasta los tres meses de edad, el riesgo de muerte súbita es alto. Cuando el bebé comienza a desarrollar su estímulo motor y busca su propia posición no se deben interrumpir sus movimientos normales”, explica la pediatra.
  • Evitar que el bebé tenga actividades muy pesadas antes de llevarlo a la cama. La última alimentación debe ser liviana, cerca de tres horas antes.
  • Para los menores de un año que se levantan en la noche a comer, se recomienda que no sean los padres quienes los despierten, sino que sea el bebé quien interrumpa por sí mismo su sueño. Tampoco se aconseja acostumbrarlos a la alimentación nocturna.
  • Buscar ambientes sin luces tenues, pantallas o música de fondo. El niño debe dormir en espacios que sean lo más natural posible. Advierte Vásquez que, en menores de dos años las pantallas en las habitaciones están contraindicadas.
  • Descartar estímulos como películas con contenidos densos. “La hora del sueño no debe estar condicionada a actividades intensas o a programas de televisión, se pueden usar cuentos de contenido tranquilo”, aconseja Ortiz.

Está claro que los efectos de un mal sueño se traducen en enfermedades que aparecen con el tiempo. El Instituto de Medicina del Sueño en España señala que, en el caso de los niños entre dos y cuatro años, dormir mal incrementa los síntomas de otitis, rinofaringitis y orina nocturna. También se habla de déficit en el aprendizaje, el lenguaje, problemas de crecimiento, mayor probabilidad de obesidad infantil, dolores de cabeza, inseguridad, timidez, mal carácter y baja tolerancia a la frustración.

Vale la pena destacar que, en muchas ocasiones, los pequeños con problemas de sueño son diagnosticados con déficit de atención e hiperactividad, “lo que ocurre en esos casos es que como el niño no está aprendiendo, se torna impulsivo y lo que tiene de fondo es un gran problema de sueño”, concluye Ortiz.

“Está demostrado que el contacto con la luz de pantallas como tabletas o celulares, antes de ir a la cama, estropea el sueño y genera resistencia para ir a dormir. Eso se conoce como insomnio conductual”, Blair Ortiz Giraldo.

Atención a las señales

Para saber si un niño duerme bien o no, además de las manifestaciones externas como ojeras y dormirse fácilmente en cualquier lugar, esté atento a la aparición de una o varias de estas señales:  resistencia a la hora de levantarse, (este es un proceso de no más de 10 minutos), que despierte malgeniado, sin energía, que esté desatento, irritable, exprese cansancio o haya atraso escolar.

6 años es la edad promedio en que las siestas comienzan a desaparecer y las horas de sueño nocturno son más importantes.

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