Lo que nunca te contaron sobre la responsabilidad afectiva
Desarrollar tu responsabilidad afectiva es todo un proceso personal que te ayudará a tener unas relaciones más sólidas, genuinas y valiosas con los demás, pero recuerda que el camino empieza por mejorar la relación contigo mismo.
Seguramente has oído hablar de la responsabilidad afectiva. Este término se refiere a reconocer con plena conciencia que nuestras acciones tienen un impacto —negativo o positivo— en las emociones de los demás. Según la responsabilidad afectiva, las decisiones que tomemos dentro de nuestras relaciones deben procurar siempre el cuidado, respeto y empatía hacia la otra persona.
En este artículo no pretendemos desmentir esta idea, pero sí te invitamos a hacer una segunda lectura del verdadero alcance de la responsabilidad afectiva. ¿Por qué? Sencillamente: porque la responsabilidad afectiva es mucho más EFECTIVA cuando empieza por uno mismo.
El origen del término
El concepto de responsabilidad afectiva surgió en los años 80 en torno a las relaciones poliamorosas. Frente a la creencia de que las personas poligámicas no tenían valores y su comportamiento era irresponsable y narcisista, algunas psicólogas e intelectuales empezaron a acercarse a la realidad del poliamor desde una perspectiva ética. Su reflexión concluyó que, para construir un vínculo sano, es necesario dialogar sobre las emociones mutuas, establecer acuerdos y límites, y comprender y aceptar al otro tal cual es. Muy pronto, el término evolucionó hasta convertirse en una reflexión válida para todo tipo de relaciones personales (amor, trabajo, amistad, familia), y ser la clave para emprender nuestro propio viaje hacia el autocontrol emocional.
Pasar de tú al yo
El primer paso de la responsabilidad afectiva supone aceptar que tenemos un poder muy limitado sobre los sentimientos, comportamientos y creencias de otros, y que somos tan poco responsables de sus emociones como ellos lo son de las nuestras. Es dejar de culpar a otras personas por como «te hacen sentir» y reconocer que son nuestros propios valores, inseguridades, certezas o preferencias los que nos llevan a sentir determinadas emociones ante las acciones de los demás. Pasar del «comportándote así, me estás ignorando» al «me siento ignorado cuando te comportas así». De hecho, deberíamos acostumbrarnos a hablar de nuestras emociones siempre en primera persona: «yo siento esto» en lugar de «tú me haces sentir esto».
Mejora tu responsabilidad afectiva
Desarrollar nuestra responsabilidad afectiva no es un truco de magia, pero podemos desplegar algunas estrategias que nos permitirán conocernos mejor y asumir el papel causa – efecto que nuestro comportamiento tiene en nuestras relaciones:
- Cambiar al otro no es la solución
Cada persona es responsable de sus emociones y su comportamiento. Intentar evitar un conflicto «cambiando a la otra persona», no solo será inútil, también te causará más frustración y enojo. Concéntrate en lo que sí puedes hacer o decir, es decir, en tus propios comportamientos y palabras, y deja que las otras personas cambien lo que a ellas les corresponde.
- Expresas tus necesidades
Salvo que te relaciones con personas que puedan leer la mente (algo que vemos poco probable), lo mejor es que te asegures de que tu contraparte conoce tus expectativas y tus límites. Así, tendrá cuidado de no traspasarlos.
- Acepta tu responsabilidad cuando hieres a otros
No hay duda de que nuestras acciones pueden lastimar a las personas con las que nos relacionamos. Procura tener esto en mente cada vez que tengas que tomar una decisión sobre qué hace o qué decir. Si tu pareja incumple uno de los acuerdos establecidos entre los dos, la solución no es que tú también incumplas o usarlo como excusa para sacar otros temas conflictivos entre ustedes.
- Cuídate, nadie lo va a hacer por ti
Si estamos sanos, estaremos más dispuestos a asumir nuestra responsabilidad afectiva en lugar de culpar a otros. Atender nuestras propias necesidades, comer saludable, dormir suficiente, hacer ejercicio… es parte de cuidarte, pero también hacer actividades que te dan felicidad como viajar, salir con amigos o ir al concierto del momento.