Vivir solos, pero acompañados Vivir solos, pero acompañados

Cuando los hijos se van del hogar comienza una época de cambios, pero también de libertades, que deben aprovecharse para enfocarse en el bienestar.

Asesoras: Gloria Rivera Botero, psicóloga, magíster en Salud Mental
Martha Vanessa Rentería, gerontóloga

Es normal que llegue un punto de la vida en el que las salidas con los amigos ya no son tan frecuentes y también en el que los hijos, por distintas circunstancias, deciden formar sus proyectos de vida aparte del núcleo familiar. Cuando esto sucede los adultos pueden enfrentarse a un sentimiento agridulce: por un lado la felicidad compartida de ver el progreso de los suyos; pero por otro la incertidumbre y la sensación de extrañar a los demás.

A esa condición, según la gerontóloga Martha Rentería, se le conoce como síndrome del nido vacío. “Todos los seres humanos pasamos por procesos de adaptación en distintos momentos de la vida, desde que llegamos al primer día de escuela hasta la jubilación. El adulto mayor no es muy dado a hacer cambios abruptos, como dejar su entorno familiar. Allí radica la importancia de la interacción con sus familiares y de mantener los vínculos afectivos”, comenta.

Pero no necesariamente los impactos deben ser negativos. Llegar a la adultez también implica disfrutar de una vida más libre. Se destacan aspectos como la posibilidad de aportar como abuelo, en caso de tener nietos, para apoyar en su proceso de crianza. Además de tener un mejor manejo de la independencia, estructurar nuevos proyectos de vida y hasta tener el tiempo para desarrollar múltiples actividades y cultivar diversas pasiones, que antes no tenían lugar por otros compromisos.

“La familia no debe olvidar que, por lo general, los mayores en su momento desarrollaron un rol de padres, por eso se deben acompañar y procurar que sea siempre bajo buenas condiciones”, añade Rentería.

Con la mejor actitud

De acuerdo con Gloria Rivera Botero, psicóloga y magíster en Salud Mental, en la adultez pueden aparecer sensaciones asociadas a la soledad, al miedo y al estrés, precisamente por ciertos cambios que llegan con los años. “El hecho de estar solo puede reforzar el pensamiento de no ser capaz de valerse por sí mismo, de que ya necesita mucho acompañamiento. La ausencia de familiares o compañía acentúa eso”, señala la especialista.

Lo ideal, dice Rivera, es buscar un acompañamiento desde lo emocional y lo social, fortaleciendo los lazos familiares. En caso de estar totalmente solo, lo ideal es que la persona esté en un entorno donde pueda sentirse útil, en el que se identifique y pueda aportar a su comunidad.

Una forma de lograrlo es, por ejemplo, al contar historias, lo que se ve en TV o en una película, al relatar el último libro que se ha leído, e incluso, al mostrar las costumbres de antes o enseñar distintas habilidades como la cocina o la carpintería.

Así mismo, la psicóloga sugiere que es valioso iniciar un proceso terapéutico donde se validen los sentimientos de la persona, pero sin entrar a juzgar o ser invasivo. “Con el adulto mayor hay que ser respetuoso de sus emociones y tener una actitud completamente de escucha y comprensión”, concluyó.

El dilema de la soledad repentina

Factores como la viudez o el aislamiento obligatorio, por la pandemia por covid-19, son situaciones repentinas difíciles de prever y que pueden ser cambios drásticos para la vida de muchos adultos mayores. Ante eso, la recomendación de las especialistas es acompañar el proceso de duelo fortaleciendo las redes de apoyo, encuentros con hijos, nietos, seres queridos y amigos. Igualmente, darle cabida a los pasatiempos y aficiones. En el caso del aislamiento, recurrir a alternativas tecnológicas que permiten mantener los lazos afectivos. Procurar una comunicación activa, aunque sea a través de las pantallas, puede traer beneficios mentales muy positivos.